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alimentación infantil

El niño que no come. ¿Qué podemos hacer?

Los niños comen lo que necesitan. El hambre es un mecanismo de regulación perfecto para controlar la cantidad de alimento que tenemos que comer. Los niños lo tienen muy claro y no comen por compromiso, porque es la hora o para que no sobre comida. Al menos no lo hacen durante los primeros años de vida.

Cuando el niño es pequeño y no come la cantidad que los padres creen que debe comer surge la preocupación: ¿Estará bien?, ¿crecerá adecuadamente?, ¿le faltará alguna vitamina?
Y no solo cuando el niño come poco. También cuando rechaza sistemáticamente ciertos grupos de alimentos (el típico niño que no prueba las verduras) o  se niega a probar alimentos nuevos.
Si a esto le sumamos que en algún momento hemos insistido para que coma un poquito más, lo hemos forzado a comer o hemos perdido la paciencia en la mesa porque la comida se estaba transformando en una batalla campal, la relación del niño con la comida se puede volver problemática y entramos en una dinámica difícil de romper.
Si queremos conseguir que nuestro hijo coma mejor, podemos aplicar unas sencillas reglas.

Al niño que no come, cuanto menos le demos, mejor

No hay nada que desanime más al niño que come poco que ver un plato enorme rebosante de comida. Es preferible servir pequeñas porciones que se ajusten a lo que es posible que se coma. Hay que ser realistas. Como sabemos que va a comer poco, debemos asegurarnos de que que le servimos alimentos saludables. Es conveniente ofrecer alimentos variados, pero sin exagerar. Si ponemos 10 alimentos diferentes, el abanico de posibilidades es demasiado amplio. Inicialmente es suficiente con ofrecer 3 ó 4 tipos de alimentos diferentes que sean del gusto del niño. Pasados unos días, podemos incluir en esa variedad algún alimento de los que no acepta en cantidades mínimas. Es probable que el primer día ni siquiera lo pruebe. No importa. Hay que insistir.

A veces es necesario ofrecer el nuevo alimento 10 ó 15 veces hasta que se lo coma. 

Si un alimento en concreto le produce verdadero rechazo, es preferible esperar un tiempo prudencial antes de volver a intentarlo. A veces 1 semana puede ser suficiente, pero en ocasiones precisan mucho más tiempo para “olvidar” que un alimento no les gusta.

Calladitos estamos más guapos

Igual que al niño que no come no lo regañamos, 
al niño malcomedor que por fin come algo, 
tampoco lo felicitamos. 

 

Seguramente ya sabes que forzar a los niños a comer es contraproducente. El niño se siente intimidado y puede comer incluso menos. Insistir en que se coma un bocadito más,  “ayudarlo” poniéndole el alimento en la boca o engañarlo haciendo el avioncito para que se coma una cucharada más son formas más discretas y sutiles, pero sigue siendo forzar a comer. Si el niño no tiene la oportunidad de dejar de comer cuando ya no tiene hambre estamos enseñándole a no respetar las señales de saciedad, lo que a la larga puede conducir a mayor riesgo de obesidad.
Regañar al niño que no come, o intentar convencerlo prometiéndole un premio por comer ejerce el mismo efecto: mayor rechazo y una relación insana con la comida. Nunca hay que condicionar el postre a que se coma determinado alimento. El postre no es un premio, y las verduras no son el precio a pagar. Tampoco poner la tele, ir a jugar al parque o cualquier otra actividad agradable son intercambiables por el alimento rechazado.
Del mismo modo tampoco es conveniente animar o felicitar al niño que por fin ha probado un alimento nuevo o que se ha acabado el plato. Se sentirá observado, incluso incómodo. Mejor actuar con naturalidad, aunque tengamos que “comernos” la tentación de salir corriendo a contárselo hasta a los vecinos.

Eisntein decía que el ejemplo no es la mejor manera de enseñar, sino que es la única

Si no te ven comer verdura, difícilmente la quieran comer. Si no pruebas la fruta, no pretendas que la adoren. A los niños les encanta hacer lo que hacen sus padres, sus hermanos, sus iguales. Por eso comen mejor en el comedor escolar. No es que la comida esté mejor, o que los monitores del comedor “sí que saben” darles de comer. En el comedor comen porque es lo que ven hacer a los demás. No tienen nada en contra de tu comida.

Con la comida sí se juega

Los niños necesitan experimentar con la comida. Tocarla con las manos, apretarla, estrujarla para comprobar la textura, la consistencia. Si le atrae lo suficiente querrá llevársela a la boca para probarla y con suerte, si le gusta, continuará el proceso, comiéndosela. Déjalo que juegue con la comida. Déjalo que use la cuchara y el tenedor. Solo teniéndolos a su alcance aprenderá a usarlos. El momento de la comida puede ser un momento divertido, además de una ocasión para aprender otras habilidades.

Hay que fomentar que juegue “con” la comida, no “durante” la comida. 

Comer jugando, mirando la tele o viendo dibujitos en la tablet o en el móvil hace que el niño coma distraído y probablemente coma más de lo necesario, ignorando la sensación de saciedad, que es fundamental para evitar la obesidad. Y si come corriendo o haciendo el pino, además se puede atragantar.

Si no come lo que hay de comer, siempre nos queda el frutero

 
¿No se ha comido la tostada del desayuno? Le doy unas galletitas y un zumo para que se las coma de camino al cole. ¿No ha querido ni probar las lentejas? Que por lo menos se coma el yogur, para que no se levante de la mesa con el estómago vacío. ¿Que la fruta de la merienda se ha oxidado de tanto esperar y no se la quiere comer porque se ha puesto negra? Vale, otro yogur (de frutas, eso sí). ¿Que por la noche no se toma ni la tortillita, de tanto sueño que tiene? Pues le preparo un biberón con cereales para que no se vaya a la cama sin comer.
Sin darnos cuenta se habrá tomado unas 750 calorías de las 1500 que precisa un niño de 3-4 años*. ¿Cómo pretendes que se coma la comida saludable que le has preparado?
No sustituyas la comida sana que le ofreces por otros platos más apetecibles con la excusa de que así, al menos come algo. 

Porque ese “algo” generalmente no es tan saludable, le va a aportar demasiada energía y tendrá aún menos hambre. Y no tiene porqué pasar hambre. El frutero debe estar siempre bien surtido y disponible para que pueda comer la fruta que quiera cuando tenga hambre.
Este concepto lo ha ilustrado magníficamente en nutricionista Julio Basulto en este artículo de su blog. ¿Porqué no come mi hijo?

* calculando unos valores medios de 200 cal el paquete de galletitas, 100 cal un zumo de 250 ml, 100 cal un yogur de fruta, 250 cal un  biberón de 250 ml de leche con cereales.

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